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Los trols y el espejismo digital

Publicada en El Dipló en abril de 2017.

Internet como campo de batalla

El gobierno de Mauricio Macri considera a la comunicación digital como un recurso central de su gestión. Allí se plasma el discurso oficial en las redes, pero también se libra la batalla de la información falsa. ¿Cuál es el límite de la política de las redes sociales?

Por Natalia Zuazo 

La tercera semana de agosto de 2016 los coordinadores del equipo digital de Cambiemos recibieron un informe que podía parecer negativo: la palabra “mafia” aparecía en las redes sociales relacionada a la gobernadora bonaerense María Eugenia Vidal a razón de más de tres mil menciones diarias. Siguieron leyendo los gráficos, levantaron la vista de sus pantallas y se unieron en una sonrisa. “La gente en las redes sociales le manda su apoyo, le dice que resista y sea fuerte contra los corruptos de la policía y el servicio penitenciario. Tenemos un 45 por ciento de menciones relacionadas con #coraje, un 20 con #orgullo y un 15 con #fuerza. ¿Cómo lo aprovechamos, chicos?”. En los días siguientes, la dirigente con mejor imagen de Cambiemos transformó un discurso de víctima (amenazas telefónicas, cajones revueltos, cartuchos de escopeta) en uno de heroína: “Hacer lo correcto en la provincia de Buenos Aires pone incómodos a algunos sectores. Pero es lo que votó la mayoría: un cambio”, le dijo al presentador estrella de CNN en Español, Carlos Montero, tomando un café en La Biela para 48 millones de personas en América Latina y Estados Unidos.  (más…)

Ciberataques en La Liga de la Ciencia

El 2 de julio hablamos de los últimos ciberataques en Liga de La Ciencia por la TV Pública: ¿qué implicancias geopolíticas tienen y qué podemos hacer los usuarios?

 

Cómo llevar Internet desde Lugano a Jujuy

¿Cómo llevar internet a los barrios periféricos cuando no es un negocio? Atalaya Sur es una red cooperativa y libre que más de 600 personas usan por día en Villa Lugano. Sus fundadores, sin conocimientos previos, ya reprodujeron el proyecto en La Quiaca. 

El cable negro, grueso como un pulgar, se asoma desde un hueco de la baldosa y sube por la madera pintada de blanco que hace de pared en una casa mínima de un complejo de viviendas en Villa Soldati. Adentro tiene otros hilos, que albergan fibra óptica y que hasta hace unos meses solo llegaban hasta la avenida Escalada, justo a la altura de la torre del Parque de la Ciudad, el mirador más alto de América del Sur. Frente a los 65 pisos de ese gran atalaya, el pequeño cable se hizo paso barrio adentro, llegó hasta esa pared blanca, se metió por otro hueco y hoy está conectado a un conjunto de routers y distribuidores que caben sobre un escritorio con cajones pintado de colores. Con esos pocos aparatos y algunas antenas que suben sobre los techos, su labor se volvió inmensa: cada día, gracias a él, 600 habitantes de la villa 20 de Lugano se pueden conectar a internet. Seiscientas personas que no accedían a la red hoy dependen de él para chatear, leer, ver videos, avisarse cosas o mandarse una foto.
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La información en la era de la posverdad

Las noticias falsas existen desde hace casi un siglo. Pero ahora invaden la Red y logran cambiar los resultados de las elecciones. ¿Cómo combatirlas?

HACE 10 AÑOS, YA ENSEÑABA PERIODISMO digital y mis alumnos me discutían que escribir corto y al punto atentaba contra el periodismo (al menos, contra el periodismo que habían leído como ejemplo). Cuando además les decía que si querían escribir para la web tenían que olvidarse de los títulos poéticos e ir al punto para que Google los indexara, se enojaban un poco más. “¿Qué va a quedar del periodismo, entonces?”, me increpaban, como si fuera mi culpa ese cambio que empezaba en la forma de producir las noticias. Pero, al contrario de lo que sentían ellos, mis consejos tenían un objetivo amoroso y a la vez pragmático: “Cambien para sobrevivir en su profesión”. Una década después, ya no solo los periodistas ni los que trabajamos en la industria de internet nos reiríamos de nuestra ingenuidad, sino que hoy nos enfrentamos a otro problema grave, que incluso tiene un título: las noticias falsas o la “post-verdad”. Ya ni siquiera se trata de cómo titulemos o escribamos, sino de que convivimos en un ecosistema de información digital (y no digital) rodeado de opiniones, datos y falsas certezas.

Las noticias falsas no son algo nuevo. Preceden a Facebook, a Twitter y a los miles de sitios que cada día intentan captar la atención en un mundo de concentración informativa y crisis del periodismo. El ciudadano Kane de Orson Welles ya había mostrado en 1941 a un magnate de medios frío, en el trono de su imperio informativo, como el espejo del poder opaco de la prensa para dirigir la opinión de un país. No importa cuál: la historia tuvo muchos, siempre con buenas relaciones con la política, para confundir la realidad en favor del más poderoso. Con el cambio del mapa de los medios y el crecimiento de las redes sociales (la fuente primaria de información entre jóvenes de 18 y 24 años), todos fuimos viendo cómo detectar lo verdadero. O al menos lo verosímil: se transformó en una actividad necesaria para nuestra vida

como ciudadanos. Con armas más o menos eficaces, todos comenzamos a convertirnos un poco en periodistas. Y los periodistas profesionales a volver a las fuentes: el chequeo de datos, el periodismo cada vez más sencillo en su narrativa pero profundo en su interpretación.

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Balance del 2016 tecnopolítico

Balance del año tecnopolítico: Magia, negocios y soberanías

El historiador inglés Eric Hobsbawn decía que el siglo XIX había sido largo: iniciado con la Revolución Francesa en 1789 y terminado con la Primera Guerra Mundial en 1914. 125 años donde Europa pasó del fin de la monarquía a los Estados capitalistas burgueses, con una gran guerra en el medio que estableció los ganadores del nuevo orden mundial. En cambio, decía, el siglo XX fue corto:  77 años desde 1914 hasta la caída del muro y el triunfo del capitalismo en 1991.

Sucede algo parecido con el 2016 tecnopolítico visto desde Argentina: al saludarlo desde el fin del camino, parece eterno. La forma en que el Gobierno macrista entiende el lugar del Estado en la iniciativa y el desarrollo de la tecnología y la ciencia explican gran parte de los cambios. El resto lo hace una fuerza mundial, que sigue creciendo y por ahora parece irrefrenable: la concentración de mercado –y por lo tanto de poder de decisión, marketing e influencia planetaria-  de las grandes empresas multinacionales de tecnología.

El año empezó a los pocos días de asumir el nuevo Gobierno de Cambiemos, cuando Mauricio Macri decretó la modificación en los organismos que regulan las telecomunicaciones en Argentina. Siguió con acercamientos a los grandes de la tecnología durante el verano. El invierno trajo la gran batalla: el intento de imponer el voto electrónico, un sistema rechazado en el mundo pero que el oficialismo argentino consideró moderno. Antes y después, el resto del año tuvo otras noticias donde la ciencia y la tecnología sufrieron, en especial, en conservar sus soberanías: los cambios en Conectar Igualdad, en Arsat y los recortes en el presupuesto del Conicet. Mientras tanto, en el mundo, las máquinas conectadas a la Red crearon pánico cuando comenzaron a atacar a la internet misma, la publicación de los Panamá Papers volvió a usar la transparencia contra la opacidad del poder, y el crecimiento de informaciones falsas y la posverdad nos alertaron sobre algo que se está saliendo de control en el mundo de las noticias, tanto como para cambiar una elección.

Aquí, el resumen 2016 de la tecnopolítica, desde algún lugar de Buenos Aires:

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