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7 razones para decir #NoAlVotoElectrónico

La gestión Cambiemos, al frente del Gobierno argentino, presentó en el Congreso y quiere aprobar -con manifiesta rapidez- una reforma electoral para que entre en vigencia en las próximas elecciones de 2017. El proyecto propone la modificación de las listas colectoras y múltiples, el ordenamiento y unificación de elecciones(primarias, provinciales y nacionales) y algunas reformas del código electoral. Pero, y fundamentalmente, la iniciativa y el gran interés del oficialismo es cambiar el modelo de votación hacia “un sufragio con boleta electrónica”.

No entraremos en este post en el debate sobre los distintos modelos de votos electrónicos ni las diferencias semánticas sobre si el modelo de la boleta única electrónica (BUE, el que prefiere el oficialismo) es o no “voto electrónico”. De decir por qué sí lo es ya se encargó Delia Ferreira Rubio, abogada experta en transparencia, en esta nota, en donde además agregó: “La aplicación de la BUE es la negación de todos los estándares internacionales en la materia y deja a la vista una gestión electoral apresurada y desprolija.”

Sí daremos varios argumentos ofrecidos por expertos de distintas ciencias (sociales y exactas) que no recomiendan, en su mayoría, la implantación de este sistema. Algunos de ellos expresaron sus explicaciones en las reuniones de comisión de Asuntos Constitucionales en la Cámara de Diputados (recopiladas acá por @anitalmada), y también los vienen explicando desde antes de esta propuesta. Entre ellos, el grupo de los técnicos incluso viene aportando evidencias por las que el sistema es vulnerable. En su mayoría, las evidencias no fueron y no son escuchadas (a la vista de la insistencia del Gobierno con la aprobación del proyecto). En otro caso, el del informático Joaquín Sorianello, incluso estas las pruebas de vulnerabilidad valieron un allanamiento y un juicio, que luego no sólo lo declaró inocente sino que confirmó que el sistema “era vago y podía ser vulnerado con facilidad“.

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admin | 15.08.2016

Los ingenieros de la matrix

Internet podría ser un caos, pero no lo es. Funciona gracias a una serie de reglas definidas mundialmente por una comunidad de ingenieros. Este año, se reunieron por primera vez en Buenos Aires. Quiénes son los latinoamericanos que están construyendo la red del futuro.

Con más de 3.000 millones de personas conectadas en cada punto del mundo, enviando y recibiendo información desde computadoras y celulares, pero también desde televisores y autos, internet podría ser un caos, pero no lo es. La Red, el sistema nervioso de la humanidad, sigue creciendo y conecta cada vez más objetos pero sin colapsar. Los cables no se cruzan; los datos llegan a destino; la información se divide en paquetes, viaja desde varios sitios del GPS planetario y vuelve a unirse. ¿Magia? No, ingeniería y protocolos complejos. Hombres y máquinas cooperando en el mayor invento planetario de la Historia.
Tras los años de la Guerra Fría –cuando la corporación militar, las universidades y algunas empresas desarrollaron internet–, la Red comenzó a extenderse masivamente para llegar no solo a las grandes oficinas, sino también a las aulas y a las casas de la gente; fue vital la creación de un idioma común. Al expandirse, internet precisaba lenguajes que todos compartieran, más allá de su ubicación en el mundo.
En 1983, los ingenieros de software Vint Cerf y Bob Kahn crearon el protocolo TCP/IP, que se convirtió en el idioma de la Red, el código común con el que todavía hoy intercambian información bajo una serie de estándares que permiten que computadoras y dispositivos de distintos fabricantes, con distintos sistemas operativos, se comuniquen entre sí y dialoguen. El cambio fue decisivo: las computadoras no solo podían conectarse, sino charlar entre sí. Mientras tanto, cada una podía decidir, haciendo al sistema más horizontal. Tres años después, en 1986, se estableció la Fuerza de Tareas de Ingeniería para Internet (IETF, por sus siglas en inglés), una organización que desde entonces reúne cada nuevo estándar que la Red suma para su funcionamiento. Esas normas se conocen en la industria como RFC (Request for Comments) y se publican para toda la comunidad de internet desde que ella misma existe, es decir, desde 1969. Son su ley y se van sumando en su “Constitución”: nadie puede no usarlos, porque si eso sucediera, entonces la Red colapsaría. Dos de los protocolos más importantes son, por ejemplo, el RFC 791 o “protocolo IP”, que les da a los datos números de ubicación para que siempre sepan adónde llegar, y el RFC 2616 o “protocolo HTTP”, que les da seguridad a las transferencias de datos en internet y fue escrito por Tim Berners-Lee en 1989.
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Free basics y Facebook at work: cómo tercerizar la tecnopolítica

Mauricio Macri ama Facebook. Además de ser el presidente del mundo con más interacción en la red social, a pocos meses de asumir se reunió con la CEO de la empresa y anunció la implementación de dos proyectos de la compañía en Argentina. Críticas y alertas de una relación que también puede ser peligrosa.

David Runciman, profesor de ciencias políticas de Cambridge y periodista de The Guardian, dice que la habilidad clave de la nueva tecnocracia que domina al mundo es hacer contactos. Después de la Gran Depresión, en los años 30 del siglo XX, la anterior elite de ingenieros industriales tenía que darle productos a las masas para incluirse en la economía: ropa, comida, transporte, comunicaciones, vivienda. Los expertos eran los que hacían que las fábricas funcionaran para muchos: el conocimiento era poder. El resto de los políticos les rendían cuentas, bailaban tras sus hilos. Pero eso cambio. Hoy, quien tiene el timón es quien logra conseguir el dinero para que funcionen las empresas: la nueva tecnocracia reina porque consigue inversiones. Para eso, necesita entender el poder del dinero. Pero, sobre todo, precisa la habilidad para hacer contactos en el “alto mundo” de las finanzas.
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Conectar Igualdad: Negocio mata futuro

En el país que premia los emprendedores y la meritocracia, el Gobierno desmantela Conectar Igualdad y deja a las futuras generaciones sin la principal herramienta de progreso social: la computadora. El rol de Microsoft.

En la era Cambiemos, fundar una startup y volverse emprendedor es crecer la Nación. Si en la bisagra entre el siglo XIX y el XX pasar de campesino a profesional era la meta, si en el siglo pasado tener un trabajo estable y una obra social era el modelo, los gurúes políticos de nuestra época nos dicen que crecer se trata de la libertad: trabajar donde y cuando queramos, ser nuestros propio jefe, trascender la relación de dependencia y practicar la “economía creativa”. Lo dijo Macri: “Seamos un país de 40 millones de emprendedores” y pobló de funcionarios con sueños de Sillicon Valley a sus gabinetes.

En este sueño de país formado de empresarios en zapatillas, las empresas tecnológicas son el ícono del éxito. Los cuentos de Steve Jobs y Mark Zuckerberg, de sus garajes y universidades a cotizar en bolsa, son los faros del desarrollo. La tecnología alimenta el mito: no sólo representa el éxito de hoy, sino el del mañana. Sin embargo, al tiempo que se privilegia este modelo (frente a, por ejemplo, una verdulería de barrio o una pyme que produce carteras), el mismo Gobierno está cerrando la herramienta más poderosa que pueden tener las generaciones futuras para conseguir su ascenso social: el programa Conectar Igualdad, que en los últimos 5 años entregó más de 5 millones de computadoras a niños y adolescentes de todo el país (y fue reconocido por Naciones Unidas como uno de los planes más importantes de inclusión de jóvenes en el mundo).
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Contra el cibercrimen: el trabajo de la UFECI

Sin las mega instalaciones del FBI y lejos del glamour de los escuadrones anti hackers de Hollywood, la Fiscalía de Ciberdelincuencia a cargo de Horacio Azzolin combate los delitos online de la Argentina. De robos de identidad y fraudes a la pornografía infantil y atentados contra páginas web, de venta de drogas y armas por redes sociales a casos de terrorismo, un equipo de abogados e ingenieros nos protege de las amenazas de la Red.

En el centro de su oficina, el fiscal Azzolin tiene un cuadro de Andy Warhol. Lo ve desde su escritorio cuando se sienta a la mañana, cuando baja a la sala de audiencias, cuando sale a dar clases al final del día. En el despacho también hay pelotas Gilbert de su pasado como wing de rugby, placas de bronce de las puertas que indicaron que fue secretario de instrucción, juez subrogante, fiscal de la procuración y fiscal federal, sus tres hijos en un portarretratos decorado con plasticola de colores, tomos del código penal y tratados internacionales, revistas de derecho, medallas, pilas ordenadas de expedientes, gorritas de sus visitas a congresos de ciberseguridad, manuales de informática, dos teléfonos que vibran con mensajes de Telegram, una computadora donde envía y recibe sus mails encriptados. Pero el cuadro de Warhol es el único objeto iluminado. Sólo él recibe la luz del velador verde inglés y dorado que Azzolin tiene prendido un martes de sol a las once de la mañana.

Al mando de la Unidad Especializada en Cibercrimen, el de Azzolin podría ser un trabajo de sabueso entre cálculos y máquinas. Según Hollywood, su misión de encontrar a los delincuentes de internet podría resolverse en un laboratorio a la CSI, con matemáticos y computadoras bajando líneas de código en cascada. Sin embargo, su oficio, mezcla de investigador penal y experto en tecnología, se trata de personas que se exponen y se esconden. De criminales que pasan desapercibidos o se dejan ver (por voluntad o por error) en algún rincón de lo digital. El método Azzolin se basa en una idea Warhol: en internet, donde casi no queda lugar para esconderse, la fama –y el éxito- consiste en desaparecer.
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admin | 13.06.2016