Notas

Microsoft y el monopolio del conocimiento: ¿Para qué sistema educar?

Neil le responde a Laura, su agente de prensa, sin dejar de correr. “Sí, un gran anuncio, prensa internacional, el uno a uno con la corresponsal del Post”. Desde la ventana del wellness center en el piso 17 del Hotel Porta Fira, un rascacielos premiado, forjado con tubos de aluminio bordó diseñado por el japonés Toyo Ito, su vista baja. Los primeros empleados del World Mobile Congress van ocupando sus puestos. “Un nuevo día en la frontera digital” dice un cartel de neón que flota en el primero de los cinco pabellones de la gran feria de tecnología del mundo. Neil baja de la cinta y toma un baño de hielo energizante en el spa. Sube a su suite elegance de quinientos sesenta euros la noche y coloca una cápsula en la máquina de café. Elige un look casual de jean y saco a medida. Es un nuevo día para vender soluciones, crecimiento y prosperidad. Veinticuatro horas más donde la riqueza de su compañía crecerá.

Camino al lobby, le aprieta la mano a Cameron, uno de los CEO con quienes cenó anoche. Repasan el fantástico menú mediterráneo de doscientos euros y esas botellas de Rioja premiadas con las que cerraron un día de deals de seis cifras, speed meetings y keynotes de amigos y competidores. Lo pasaron bien. El aire nocturno de Barcelona en el momento más cosmopolita del año -cuando la ciudad recibe a los cien mil asistentes a la gran feria de la innovación- los animó a subir el tono y gritar sus logros mientras alzaban la mano para llamar a un taxi de regreso al hotel.

No se pueden quejar. Están en una industria privilegiada: la tecnología. Venden futuro. Y vender futuro –siempre- es negocio.

—¿Me permite su tarjeta? Muchas gracias, que tenga un buen día.

Para ingresar al gran congreso de la tecnología se necesita un chip. A la entrada, en cada stand con cafeteras Nespresso y en cada sala de reuniones con sillones Van der Rohe, el camino de los asistentes queda registrado. Al terminar la feria, cada marca tendrá registrado en su base de datos en qué producto se interesaron los funcionarios de gobierno, qué novedades quisieron ver los periodistas y qué jefe de la competencia puso un pie en su pabellón. Así es el business as usual: todos aceptan las reglas. La diferencia la hacen los que venden más, los que encuentran el argumento novedoso para hacer que lo viejo parezca nuevo o quienes convencen a otros de que si no invierten en lo nuevo quedarán fuera del mundo.
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Algoritmos y desigualdades: debate

La autora de Los dueños de internet escribió “Algoritmos y desigualdades”, un informe de Derechos Digitales con el apoyo de APC (Association for Progressive Communications), un adelanto de Latin America in a Glimpse 2018. Pueden descargarlo AQUÍ.

admin | 18.11.2018

Nace el primer sindicato de trabajadores de plataforma de la Argentina

Trabajadores de plataformas se presentaron en la Secretaría de Trabajo de la Nación argentina para inscribir el primer sindicato de plataformas de la Argentina y de América, la Asociación de Personal de Plataformas (APP)

El sindicato busca organizar a los trabajadores que transportan productos y personas. “Lo que nos une es que trabajamos para las plataformas y hasta ahora, no nos reconocen como personas que trabajan”, dijo Roger Rojas, repartidor de Rappi.  María Fierro, repartidora de Rappi de la zona de la Palermo agregó: “Cuando me bloquearon por primera vez por protestar me mandaron un telegrama diciendo que no cumplía con los términos y condiciones. Reclamé y me dijeron que no era delegada de nada y que no tenía protección. Ahora quiero que me escuchen. Por eso armamos un sindicato desde cero”. (más…)

admin | 10.10.2018

Facebook y el monopolio la información: ¿Cómo controlar la opinión desde una habitación oscura?

El 27 de julio de 2017 a las 20:53, mientras preparaba la cena y escuchaba las noticias con la televisión de fondo, entré a Facebook y leí:

“Argentina = Corrupistán”

Recién había terminado una votación en la Cámara de diputados que definiría la expulsión de un ex ministro sospechado de corrupción, ahora en un cargo de legislador nacional. La sesión había sido convocada por el oficialismo en el Gobierno durante el receso invernal del Congreso durante de una reñida campaña electoral de medio término. Pero había fracasado. El acusado, señalado por inhabilidad moral para ejercer la política, seguiría en su banca. Sus denunciantes no habían reunido los dos tercios de los votos necesarios.

Desde Europa, una antigua compañera de trabajo argentina con quien ahora mantengo contacto de Facebook, estaba indignada. Siguiendo las noticias del sur del mundo desde su pueblo armonioso con su marido inglés, mi vieja amistad explicaba su furia en el muro a otra extranjera curiosa por su enojo:

“Es que en mi país hacer las cosas bien está subvalorado. Lo fundamental es hacerlas menos mal. Mediocrity suits us well (La mediocridad nos calza bien)”.

En la cocina, me limpié el pulgar con el repasador y lo llevé a la pantalla del celular. Lo moví indecisa. Podía hacer clic en el botón “Comentar” y escribirle algo como “¿No debería ocuparse la Justicia de determinar si es culpable o no? ¿Dónde queda la separación de poderes que a los republicanos les gusta tanto?”. Mi acotación sería honesta: probablemente, ese ministro tuviera que dar algunas explicaciones en los tribunales, pero la puesta en escena de esa noche era una más de las teatralizaciones de la política que escondían otros temas más urgentes. Esa era mi opinión en mi cocina porteña. La de ella, en su living francés, era otra.

A esa lejanía política también respondía mi ira, mi arrebato por comentar su comentario despectivo. Con mis modales de lado, mi sinceridad le quería arruinar su muro con algo así: “¿Qué opinás vos, desde tu platea lejana y cómoda, sobre nuestros espectáculos locales? ¿Quién te asignó el lugar del emperador para criticar nuestro coliseo autóctono?”.

Dejé que la irritación se fuera y opté por entrar a los perfiles de cada persona que había anotado un “Me gusta” en su comentario de desprecio a nuestro país.
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De la utopía al monopolio: Cómo el Club de los Cinco llegó a dominar el mundo

En este mismo momento, mientras usted empieza a leer este libro, la mitad de las personas del mundo están conectadas a los servicios de alguna de estas cinco empresas: Google, Microsoft, Facebook, Apple y Amazon. A través de los mails llegando a su teléfono, de la notificación a la foto que subió hace un rato, de los archivos que guardó en un servidor lejano, de los datos que está procesando con un software creado por ellos o por el paquete que espera desde el otro lado del mundo. Su vida -y la de medio planeta- está en manos del Club de los Cinco, un manojo de corporaciones que concentra tanto poder que gran parte de la economía, la sociedad y las decisiones del futuro pasan por ellas.

Pero esto no siempre fue así.

Hubo un tiempo donde el Club de los Cinco tenía competencia.

En 2007, la mitad del tráfico de internet se distribuía entre cientos de miles de sitios dispersos por el mundo. Siete años después, en 2014, esa misma cifra ya se había concentrado en 35 empresas. Sin embargo, el podio todavía estaba repartido, tal como venía sucediendo desde el gran despegue del cambio tecnológico en la década de los 70. Microsoft repartía su poder con IBM, Cisco o Hewlett-Packard. Google convivió con Yahoo!, con el buscador Altavista y con AOL. Previo a Facebook, MySpace tuvo su reinado. Antes de que Amazon tuviera una de las acciones más valiosas de la bolsa, EBay se quedaba con una buena parte de los ingresos del comercio electrónico. El Club de los Cinco ni siquiera estaba a salvo de que alguna startup, con un desarrollo innovador, le quitara su reinado.

Sin embargo, en los últimos años, el negocio de la tecnología ubicó a esos cinco gigantes en un podio. Y nosotros -que les confiamos nuestro tiempo, costumbres y datos a estas empresas- contribuimos.
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